Releer no es estudiar: la práctica de recuperación explicada a padres
AulaPeral · · 5 min de lectura
Tu hijo se ha leído el tema de Ciencias tres veces, te dice que se lo sabe y el examen le sale regular. Los psicólogos que estudian la memoria han medido muchas veces por qué pasa, y lo que proponen se hace en casa con el mismo tiempo de estudio.
Por qué releer da sensación de saber
A la tercera lectura, todo le resulta familiar. Reconoce los apartados, se acuerda del dibujo de la célula y adivina cómo acaba cada frase antes de llegar al final. Esa soltura le hace pensar que se lo sabe. En el examen no tiene el texto delante: tiene que sacar la respuesta de la memoria con la hoja en blanco, y reconocer algo cuando lo ves cuesta mucho menos que recordarlo sin ayuda.
Es la forma de estudiar más común, también en la universidad. En una encuesta a 177 universitarios de Estados Unidos, el 84 % contó que releía los apuntes o el libro, y para el 55 % era su forma principal de estudiar. Solo el 11 % dijo que se ponía a prueba intentando recordar lo estudiado [1].
Qué es la práctica de recuperación
Consiste en intentar recordar lo estudiado sin mirarlo y comprobar después si estaba bien. Vale cualquier formato que le obligue a sacar la información de la cabeza: contestar preguntas, escribir en un folio lo que recuerda del tema, explicártelo con el libro cerrado o repasar con fichas que tengan la pregunta por delante y la respuesta por detrás.
En 2013, John Dunlosky y otros cuatro psicólogos revisaron la investigación sobre diez técnicas de estudio muy usadas y las valoraron según las pruebas que había a favor de cada una. Solo dos salieron con utilidad alta: ponerse a prueba, que es lo que aquí llamamos práctica de recuperación, y repartir el estudio en varios días. Releer y subrayar quedaron entre las de utilidad baja [2].
El experimento que mejor lo explica
En 2006, Henry Roediger y Jeffrey Karpicke pidieron a 180 universitarios que aprendieran un texto corto de divulgación, sobre el Sol o sobre las nutrias marinas [3]. Los repartieron en tres grupos, y cada grupo tuvo cuatro ratos seguidos para aprenderlo:
- el primer grupo leyó el texto en los cuatro, cinco minutos cada vez;
- el segundo lo leyó en tres y en el cuarto escribió todo lo que recordaba;
- el tercero lo leyó una sola vez y dedicó los otros tres ratos a escribir lo que recordaba.
A los cinco minutos, la mitad de los alumnos hizo un examen. Ganó el grupo que más había leído: recordó el 83 % de las ideas del texto, frente al 71 % del grupo que lo leyó una vez. La otra mitad hizo el mismo examen una semana después, y ahí el orden se dio la vuelta. El grupo de una lectura y tres intentos de recordar se quedó con el 61 % de las ideas. El de cuatro lecturas, con el 40 %.
Al acabar de estudiar les preguntaron cuánto creían que recordarían a la semana. Los más seguros eran los del grupo de las cuatro lecturas, que habían pasado el texto entero unas catorce veces, y fueron los que menos recordaron.
¿Sirve también en el colegio?
Ese experimento se hizo con universitarios y en un laboratorio. Años después, el mismo grupo de investigadores lo llevó a clases de Ciencias Sociales de sexto curso de un colegio de Estados Unidos, con alumnos de 11 y 12 años. Lo que repasaron con cuestionarios cortos les salió mejor en los exámenes de cada tema y en el del semestre que lo que no pasó por los cuestionarios, y también mejor que lo que repasaron volviendo a leerlo [4].
Cómo hacerlo en casa
No hace falta que tú sepas la materia. Cinco maneras de empezar esta semana:
- La hoja en blanco. Después de leer el tema una vez, que cierre el libro y escriba en un folio todo lo que recuerde, en el orden que le salga. Luego abre el libro y completa con otro color lo que faltaba. Lo escrito en ese color es lo que le toca repasar.
- Preguntas en vez de resumen. Al terminar cada apartado, que escriba dos o tres preguntas con su respuesta. Al día siguiente contesta esas preguntas sin mirar.
- Tú preguntas con el libro abierto. Coges las preguntas del final del tema o las que haya escrito él, se las haces en voz alta y compruebas con el texto lo que contesta. Para eso no necesitas saber Historia.
- Por escrito y con sus palabras. En una pregunta tipo test le basta con reconocer la respuesta entre cuatro. Si tiene que escribirla, la tiene que recordar entera.
- Corregir después de cada intento. Que compare con el libro lo que ha contestado. Lo que tenía mal lo apunta y se lo vuelve a preguntar otro día.
Al principio cuesta más
Recordar sin mirar es más incómodo que releer, y los primeros días le saldrán huecos. En esos huecos está lo que todavía no sabe, y releyendo no los habría visto. Si se agobia, empezad por un solo apartado del tema y añadid otro cada día.
Tampoco tiene que dejar de leer. La primera lectura hace falta para entender el tema; lo que cambia es lo que hace con el resto del tiempo. Y si además reparte las preguntas en varios días antes del examen, junta las dos técnicas con utilidad alta de la revisión de Dunlosky. Tienes un plan para eso en Cómo organizar el repaso de un examen en 4 días.
Fuentes
- Karpicke, J. D., Butler, A. C. y Roediger, H. L. (2009). Metacognitive strategies in student learning: Do students practise retrieval when they study on their own? Memory, 17(4), 471–479. doi.org/10.1080/09658210802647009
- Dunlosky, J., Rawson, K. A., Marsh, E. J., Nathan, M. J. y Willingham, D. T. (2013). Improving students’ learning with effective learning techniques. Psychological Science in the Public Interest, 14(1), 4–58. Resumen del propio Dunlosky para docentes: «Strengthening the Student Toolbox», American Educator, otoño de 2013, aft.org/ae/fall2013/dunlosky. doi.org/10.1177/1529100612453266
- Roediger, H. L. y Karpicke, J. D. (2006). Test-enhanced learning: Taking memory tests improves long-term retention. Psychological Science, 17(3), 249–255. doi.org/10.1111/j.1467-9280.2006.01693.x
- Roediger, H. L., Agarwal, P. K., McDaniel, M. A. y McDermott, K. B. (2011). Test-enhanced learning in the classroom: Long-term improvements from quizzing. Journal of Experimental Psychology: Applied, 17(4), 382–395. doi.org/10.1037/a0026252